16 de noviembre de 2010

La marca del metro y medio.


Tenía la mirada de un perro triste y desvalido. Conservaba el brillo de otros tiempos que quizás fueron mejor, pequeños ápices de luz que chapoteaban intermitentes en un mar de claro lodo. Era difícil mirarlos fijamente, el tiempo y las desventuras de vida le habían robado la seguridad de señor y caballero que días a tras fueron culpables de algún que otro suspiro.
Caramelos de miel y avellana de un iris mecanizado, así eran sus ojos que no se dejaban ver, pero que yo aprendí a cruzarme y en ocasiones incluso a perderme y encontrarme de nuevo en los recovecos de su mente.
Se escondía tras una cortina sedosa de color negro azabache, de la que se sentía orgulloso. Doble abrigo de impermeable pelaje, como el de un lobo.
Su corazón, a veces de piedra, se desmembraba en cuerdas y engranajes oxidados por las lágrimas que tantas veces derramó en soledad, pero que sin saberlo activaba con la electrizante vibración de su sonrisa.
Reía casi a regañadientes y cuando esto sucedía su mundo de persianas cerradas se iluminaba de una luz brillante azul eléctrica.
Solía jugar a ser quien no era, a tomar disfraces de boas de colores y zapatos con cuña que sonaran a cada paso que daba en una ciudad donde deseaba pasear en silencio y de puntillas. Había veces que se detenía, pero siempre lo hacía esperando un tren que no pasa en una estación perdida de su imaginación.
Se alimentaba de notas en LA mayor y letras escondidas en algún rincón de su memoria, y en ocasiones, cuando la celebración así lo merecía, cambiaba su dieta por toneladas de carne muerta.
Creía en su carisma como arma letal en la batalla y moría cada cierto tiempo por lo impactos recibidos de cañonazos en su pecho.
Lo caracterizaba el aroma de esencia verde y seca. Dulces suspiros de delirios de grandeza empapelados de arroz y trasmutados en denso humo.
Se perdía en las amplias y despejadas avenidas para encontrarse entre el bullicio de oscuras y estrechas calles, del mismo modo, cuando las masas le causaban náuseas, hallaba su lugar entre ondas alienígenas.
Su alter ego se componía de cobrizos rugidos de gran melena, médicos rusos y leyendas muertas que le ayudaban a dibujar recetas de arte para sus colegas.
Sus imposibles morían por amor y renacían en amores imposibles, como los de la gran pantalla que empañaba con su drama.
Cuando soñaba lo hacía en blanco y negro con manchones escarlata, de la misma forma que algún protagonista de los cuentos de Poe, pues al mirarse en un reflejo se reconocía guapo pero nunca supo reconocerse asimismo en la belleza.
Era pupilo en un mundo de maestros, el eterno alumno de primaria con lecciones sin aprender en su espalda, pero aun en el rincón del mal estudiante ojeaba libros que a menudo le quedaban grandes.
Era un dramaturgo de la noche convertido en un bendigo de la vida y creaba castillos en Transilvania con cartones que él mismo desechaba.
Nunca supo cuando y dónde pero se reconoció a si mismo como artista y tras las lentes de erróneos efectos ópticos se creó una galería de genialidades conformistas…
Y allí, entre redes de pescadores sociales y marineros hipnotizados por sirenas bípedas, fue donde vi por primera vez para mi memoria, a aquel caballero triste que deseaba ser grande sin dejar de ser pequeño y sin saberlo se equivocaba en sus deseos, pues hace tiempo que dejó tras de sí en su pared impresa la marca del metro y medio.

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