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19 de junio de 2013
Carmín
Se sentía triste.
Su corazón bombeaba gritos,
llantos encerrados.
Su pecho suplicaba risas
que no llegaban a su alma.
De cuerpo sultana
con fornidos muslos.
Los mechones sueltos de su recogido
acariciaban su cara.
En sus labios
una flor de polen no recolectado,
las abejas zumbaban
miel desaprovechada.
Ramilletes de violetas,
horas pasadas.
Vestía un corto atuendo
de curvas pronunciadas,
en sus orejas
sendas rojas lágrimas
adornaban un reflejo
poco perfecto.
Ella,
no quería eso.
°Tac-toc! °Tac-toc!
Se calzó los zapatos de tacón
que morían al fondo del armario.
Bailaba con rabia en el salón
cada una de las notas
que salían de la radio.
No estaba sola.
No le importaba.
Cantaba con voz rota
y le gustaba.
Apasionada,
Sonreía pese a la mentira
de creer que todas las canciones
eran la suya.
Volumen desmedido
y nicotina en el cenicero,
da igual,
era en el sonido
donde encontraba consuelo.
Se engañaba cada pocos minutos
buscando señales en su teléfono
que permanecía en silencio.
Miraba por la ventana
a fuera un dÌa perfecto
y en ella
tanto miedo por salir.
Pobre princesa encerrada,
acongojada de sentir.
En cada pausa por toma de aliento
rememoraba otros momentos...
Cansada por la espera
de algo que no llega,
decide mojarse en perfume
y salir a la calle.
Hoy
no quiere palabras muertas,
prefiere respirar melodías.
Hoy
la Diosa triste
no quiere ensuciar su rostro,
prefiere cambiar lágrimas por malos chistes.
Carcajadas a lo lejos
y manchas,
manchas de carmín en el espejo.
24 de noviembre de 2010
In vino veritas

La otra noche cené en la Toscana.
Fue una noche verdaderamente sorprendente. Él estaba fantástico y yo me sentía como esas niñas cuando se visten de princesas. Era un sueño en un castillo y el era mi príncipe.
Aquella cena de composición perfecta fue acompañada por un buen vino tinto.
Era un Ornellaia del 86.
Un menú de lujo, propio de un banquete de cuento de hadas, con generosidad como entrante, misterio de segundo plato y dulces toneladas mágicas de postre.
Una chica con gorro de paja nos observaba desde el interior de un cuadro. Parecía querer compartir la velada con nosotros. Tan expectante, tan real e irreal al mismo tiempo…
Yo no conseguía borrar de mi cara una perpetua sonrisa de enamorada, para mí, todo allí parecía nuevo y era esa incertidumbre la que daba rienda suelta a una vergüenza típica de primera cita adolescente.
-La primera cena realmente romántica en mi vida– Pensaba.
Y al instante mis mejillas se sonrojaban.
No podía dejar de mirar el cuadro, al parecer aquella chica comprendía lo que sucedía dentro de mí y sonreía conmigo.
Sigiloso y entregado, él me ofrecía una copa más de vino. Su mirada me tranquilizaba, sus palabras eran aquellas que siempre había estado buscando.
Lo miraba e imaginaba que era una de esas poesías de amor, que años, décadas e incluso siglos atrás, habían formado parte del legado del romanticismo. Él era la personificación de todas esas palabras ya escritas por otros y utilizadas por muchas almas mudas que no sabían como pronunciar una pasión bañada en grados de alcohol y pulpa de viña.
Y mis divagaciones de miradas clavadas creaban situaciones irrealistas, donde él era poema y yo coleccionista de historias en verso. Deseaba agarrarlo, flexionar sus articulaciones de papel, doblar su cuerpo impregnado en tinta, hasta alcanzar la forma de una carta y así, sellarla con el rojo carmín de besos y llevarlo siempre conmigo en mi larga andadura por el mundo.
Ella estaba de acuerdo y bailaba al son de una traviata en un prado de manzanos.
-Parece como si nos conociera.
-¿Quién?
-Aquella chica en el campo, la del sombrero de paja.
-Ah, la pintura. Recuerdo haber visto ese cuadro toda mi vida y siempre en el mismo sitio. Pero es curioso, la recordaba más alta.
-Es preciosa… ¿No crees?
-Nada comparada a ti. ¿Más vino?
Besó mi cuello y mis ojos se cerraron. Un beso dulce y calmado…
-Podría ponerse celosa.
-¿Cómo dices?
-La chica del cuadro, creo que podría ponerse celosa por tus besos.
-¿Pero que mosca te ha picado con el cuadro? Olvida el cuadro, olvida a la chica y olvida todo lo que pueda interponerse entre tú y yo esta noche.
-No puedo.
-¿Por qué? ¿No me deseas?
-Sí, mucho. Eres genial, la noche esta siendo estupenda y además estas muy guapo, pero…
-Pero nada. Tú también estás muy guapa. Eres preciosa y me encantas, así que olvídate de todo y tan solo déjate llevar, ¿Vale?
Cerré nuevamente los ojos y como él dijo, me dejé llevar.
Mi mano, que reposaba sobre la mesa, tomó contacto con la suya al acariciarme. Sonreí. Tomó suavemente mis dedos y me guió a seguirlo. Me levanté y sin abrir los ojos, caminé tras él cogida de su mano.
Me llevo a otra parte de aquella hermosa casa, herencia familiar. Al parecer, siempre había sido uno de esos caserones italianos donde acostumbraba a vivir toda la familia. Techos altos y amplias habitaciones. Ahora, él había convertido el palacete toscano en un grandísimo y precioso loft que parecía no tener fin.
Se paró y yo con él, sobre una enorme alfombra, que hacia las veces de cama, repleta de cojines de colores y atestada por infinitos velos de seda que nacían desde el techo para terminar muriendo en nuestros pies, donde descansaba mi cuerpo aun con ojos ciegos.
-Ahora ya puedes abrir los ojos.- Susurró en mi oído después de besar dulcemente mis labios. Y al abrirlos, allí estaba de nuevo. La chica del cuadro seguía clavando su mirada en la mía.
-No deja de mirarme.
-Yo tampoco.
-Mírala… ¡Tiene que significar algo!
-Es por el lugar donde está colgado, puede verse desde todos los rincones de la casa, por eso sientes la sensación de estar siendo siempre observada. Pero pensándolo bien… Mejor, mas morbo, así imaginaremos que tenemos público.
Se abalanzó hacia mí, tumbado parcialmente sobre mi cuerpo sin dejar de besarme, acelerando su pulso y su excitación por poseerme. Me escudé con mis manos, que presionaron su pecho y lo empujaron lejos de mí. Él no dijo nada. Yo caminé despacio e hipnotizada hasta aquel cuadro que no podía borrar de mi mente ni aun cuando mis ojos se cerraban.
-Vuelve a la cama, serviré un poco más de vino.
-Tengo que irme.
-¿Cómo? ¿Ahora? Pero si es muy pronto y tengo vino, mucho vino. Si no te gusta este podemos abrir otro, pero quédate un poco mas conmigo.
Me planté delante de él y acaricié su cara con las dos manos.
- ¿No lo entiendes? Ella intenta decirme algo. Mírala bien. Cuando he llegado a esta casa sus ojos sonreían, ahora a cambiado su expresión….Está triste, se siente tremendamente triste. A llegado la hora de irme, le incomoda mi presencia.
-In vino veritas.
-¿Cómo dices?
-Ese es el nombre del cuadro.
-¿Qué significa?
-Eso ya no importa. ¿No decías que te ibas? Pues márchate, necesito estar solo.
-Lo siento.
-Yo también. Y ahora por favor déjame a solas.
Salí de la casa con la sensación de que aquella frase ocultaba la clave de lo que la chica del cuadro intentaba decirme. Después de esa noche no volví a saber nada del guapo italiano que me regaló una noche mágica en la Toscana. Pero… ¿Y la chica? Durante los siguientes días, semanas incluso meses no conseguí bórrala de mi cabeza. Soñaba con ella, la veía bailando por mi habitación y repitiendo alegre - “In vino veritas. In vino veritas, ragazza”- Mientras yo permanecía encerrada en un cuadro. ¿Que significaba todo aquello?
Casi sin darme cuenta llegó el otoño. Había salido una mañana soleada y decidí pasar el día por el centro. Llegué hasta el café Lisboa donde solía acudir a tomar un capuchino bien caliente. No se parecía en nada a los que servían en los cafés de Italia pero yo me empeñaba en poder encontrar en alguno de sus sorbos un ápice de la magia que meses a tras me habían dando los rincones de las calles en la Toscana. Me gustaba el aire bohemio que soplaba aquella plaza donde Lisboa, Valencia y la Toscana se abrazaban y me envolvían en sus lazos para dejarme volar ente todas esas palabras de mis libros favoritos. Y en mitad de uno de mis sueños, desperté para volver por un momento a la vida real, cuando un camarero se acercó a mí y me dijo:
-¿Desea algo más?
-Oh, sí gracias. Otro capuchino bien caliente por favor. Y tome, cóbrese.
-No, ya está pagado.
-¿Perdone? ¿Como dice?
-Sí, aquella persona de esa mesa me dijo que le sirviese lo que desease, que corría de su cuenta.
-Mmmmm… Pues gracias…
-No, a mi no. Jejeje. Ya sabe a quien tiene que dárselas.
Miré sorprendida y curiosa hacia la mesa que el camarero había señalado. Pero allí no había nadie y mientras que hacía esfuerzos por crear una silueta para poder poner cara a la persona que había tenido ese detalle conmigo, una voz muy cerca de mí sonó:
-¿Puedo?
-¿Eh?
-¿Qué si puedo sentarme?
Y como si hubiese aparecido de la nada, una preciosa melena rubia sobre un cuerpo de escándalo con vestido largo color verde botella, estaba ya sentada en la misma mesa que yo.
-Hola me llamo Fabiola. Espero que no te haya molestado, hace un par de meses que he llegado a España y no conozco a nadie con quien compartir un café.
-No importa, me parece genial. Mi nombre es Luz y gracias por el capuchino.
-No, gracias a ti.
-¿A mi porque?
-Por no haber salido corriendo
(Ja ja ja ja ja) Reímos las dos.
-¿Eres italiana Fabiola?
-Si, así es.
-¡Vaya! Últimamente Italia esta en mi vida más presente que nunca… Y dime, ¿Qué haces por aquí?
-Mi familia tiene casa en España, así que he venido a pasar una temporada y visitar este maravilloso país. Hace una semana que pisé tierras levantinas y bueno…
Nos pasamos horas hablando sobre nuestros viajes, sobre literatura, Oscar Wilde, A. Poe, Auster, Kazka, Federico Fellini y la ambigüedad del mundo. Cuando nos dimos cuenta estaba entrada la tarde, así que decidí invitarla a visitar algún otro rincón de Valencia.
-Oye. ¿Te apetece tomar una copa?
-Estupendo, vayamos.
Nos adentramos por las estrechas calles del centro de Valencia y pasamos por la puerta de un pequeño restaurante. Ella se paró delante de una enorme carta de vinos y grito emocionada:
-¡Aquí!
-¿Quieres entrar?
-Por favor, deseo una copa de vino español.
-Claro, me parece perfecto ¿Pero porque vino?
-¡Porque en el vino esta la verdad!
-¿Ah si?
-Pues sí
-¿Y cual es esa verdad Fabiola?
-La verdad es… que desde que te vi, no he podido dejar de mirarte. Es como si te conociese de toda la vida. Y tus ojos… Tus ojos son como un enigma el cual debo descifrar…
Hubo un silencio.
-Luz…
-¿Si Fabiola?
-In vino veritas ragazza.
-Ja ja ja ja ja ja
-¿De que te ríes?
-Es curioso…
-¿Qué es curioso?
-Te recordaba más alta.
Y allí, cogidas de la mano, las calles de Valencia se fueron fundiendo en un atardecer rojo como el vino tinto y desde un balcón próximo, un gato de ojos amarillos, nos observaba entre sonido de violines salidos de una de las sinfonías de Nino Rota.
16 de julio de 2008
Antropófaga de mi misma.
Ardiente como una gigantesca esfera de fuego;Así es como soy
y así es como me veo,
en vuestros ojos me reflejo.
En mi interior,
una bomba de relojería
que se activa si me irrito,
y lloro
y grito.
Y renace la antropófaga que llevo dentro.
Carne,
vísceras,
sangre…

No sé como aplacar mi hambre.
Inflamada como una gigantesca esfera de ántrax;
Si me tocas
te contagias.
Y poco a poco iras muriendo
como yo a veces lo hago,
fuego soy por dentro
y frio mi último aliento.
6 de octubre de 2005
Amor en las aulas
Capitulo 2
Sara estaba pasando por una mala época en casa. Sus padres empezaron a ver comportamientos raros en ella. No salía casi, a penas tenia vida social. Llegaba del instituto y se metía en su habitación, allí pasaba tardes enteras sin salir. No hablaba con nadie cuando estaba en casa, ni sus padres, ni su hermano mayor. Tan solo un par de veces por semana venia a visitarla Loren, una antigua amiga de la infancia con la que aun mantenía contacto, hasta que un día salió de su saca muy enfadada y todavía no ha vuelto. A raíz de esto, Sara se descolgó de los estudios. No traía el trabajo hecho a clase ni atendía a las lecciones. Por lo que suspendió uno de los exámenes que Meri ponía por sorpresa cada cierto tiempo.
Comenzó a tener un comportamiento agitador y rebelde. Una actitud excesivamente pasiva en clase, para sorpresa de sus profesores, incluida Meri, ya que Sara siempre había sido una alumna ejemplar, una chica muy aplicada en sus estudios.
Sonó la sirena que avisaba el final de las clases. Los muchachos se apresuraban por recogerlo todo y salir del aula, mientras Meri, haciendo un esfuerzo de voz, repitió varias veces los nombres de diversos alumnos, todos aquellos que habían suspendido el examen, entre ellos, el nombre de Sara.
Tras media hora de discurso llegó el turno de Sara, quien se había quedado la ultima. Allí estaban las dos solas, cara a cara de nuevo como aquel día en las escaleras. Meri hizo un gesto con la cabeza y Sara se acerco hasta su mesa. Pero en ningún momento tuvo un comportamiento reprimido, no permaneció asustada ni nerviosa. Mantuvo una serenidad absoluta durante toda la charla...
- ¿Qué es lo que pasa Sara?...
- Lo siento. No estudié demasiado no sabia que había examen, la próxima vez intentare hacerlo mejor...
- No, no me refiero a eso, el examen es lo que menos importa, por supuesto que contará para la nota final, pero lo que quiero que me cuentes es que es lo que te pasa. Hace varias semanas que te comportas de un modo nada propio de ti, dando una imagen de chica dura y rebelde, como si nada te importase... ¿Qué ocurre? ¿Hay alguien que te molesta en clase? ¿Has tenido conflictos con tus padres? ¿Problemas con las drogas tal vez?... Sabes que puedes hablar conmigo. No solo quiero que me veas como tu profesora también quiero que seamos buenas amigas.
- ¿No vas a decirme nada mas sobre el examen? Lo digo por marcharme ya... Lo siento, perdona, no es nada, no me ocurre nada de eso, simplemente estoy pasando por un mal momento.
- No importa. Pero sí, ahora que lo dices, si tengo algo mas que decirte. Si no apruebas el próximo, tendrás que dar clases extras, si te cuelgas ahora no llegaras a fin de curso dejando la asignatura por perdida. Y yo no estoy dispuesta a eso, eres una de las mejores alumnas que tenemos.
- Esta bien. Empezare cuanto antes, no quiero que sea demasiado tarde así que pondré un anuncio en el tablón para buscar a alguien que me de clases particulares.
- Eso ya lo había pensado.
- ¿El que?
- Pues que si tu quieres, me propongo para darte esas clases. Se en lo que estas mas floja, y que es lo que tendríamos que limar. Ganaríamos tiempo y aprenderías mucho mas. Yo tengo las tardes de los martes y jueves libres. ¿Qué me dices?
- Pues que te lo agradezco, pero no se si mis padres aceptaran pagarme un profesor particular, sabiendo que me he descolgado tanto del curso y con lo que a mi me queda guardado no se si me llegara para poder pagarte.
- No importa, no te cobrare. Mira, en vez de ir yo a tu casa, ven tu a la mía. No es necesario que le digas a tus padres que vienes a clase, diles que estas con alguna amiga por ahí, o cualquier cosa, ¿Qué te parece?
Sara no podía cree lo que estaba oyendo. Clases particulares de literatura
y totalmente gratis para no perder la asignatura y además teniendo como profesora a Meri, en su casa, en su pisito de soltera.
- Me parece genial. Muchísimas gracias no sabría como pagártelo...
- No te preocupes, ya me pagaras al final de curso con tu aprobado.
Las dos permanecieron calladas unos segundos, Meri sonrió y Sara le devolvió la sonrisa, una dulce y maravillosa sonrisa que hechizó mas si cabe a la profesora. Meri sonreía mientras miraba por encima del hombro a Sara y esta abandonaba la clase, imaginando lo extraordinario que seria tener a Sara en casa 3 horas dos veces por semana para ella sola. Meri era capaz de dar clases gratis y cualquier otra cosa, con tal de tener cerca a Sara, observar cada uno de sus gestos, mirar atentamente esos enormes ojos, y palpar con su mirada cada rincón de su cuerpo...
Sara llego hasta la puerta, se detuvo apoyando la mano en el marco, giro un poco el cuerpo, se retiró el pelo de la cara y dijo:
- Será todo un placer dar clases extras de literatura cada martes y jueves por la tarde. Hasta el martes Chantal...
Sonrió, agacho la cabeza y salió del aula.
Sara estaba pasando por una mala época en casa. Sus padres empezaron a ver comportamientos raros en ella. No salía casi, a penas tenia vida social. Llegaba del instituto y se metía en su habitación, allí pasaba tardes enteras sin salir. No hablaba con nadie cuando estaba en casa, ni sus padres, ni su hermano mayor. Tan solo un par de veces por semana venia a visitarla Loren, una antigua amiga de la infancia con la que aun mantenía contacto, hasta que un día salió de su saca muy enfadada y todavía no ha vuelto. A raíz de esto, Sara se descolgó de los estudios. No traía el trabajo hecho a clase ni atendía a las lecciones. Por lo que suspendió uno de los exámenes que Meri ponía por sorpresa cada cierto tiempo.
Comenzó a tener un comportamiento agitador y rebelde. Una actitud excesivamente pasiva en clase, para sorpresa de sus profesores, incluida Meri, ya que Sara siempre había sido una alumna ejemplar, una chica muy aplicada en sus estudios.
Sonó la sirena que avisaba el final de las clases. Los muchachos se apresuraban por recogerlo todo y salir del aula, mientras Meri, haciendo un esfuerzo de voz, repitió varias veces los nombres de diversos alumnos, todos aquellos que habían suspendido el examen, entre ellos, el nombre de Sara.
Tras media hora de discurso llegó el turno de Sara, quien se había quedado la ultima. Allí estaban las dos solas, cara a cara de nuevo como aquel día en las escaleras. Meri hizo un gesto con la cabeza y Sara se acerco hasta su mesa. Pero en ningún momento tuvo un comportamiento reprimido, no permaneció asustada ni nerviosa. Mantuvo una serenidad absoluta durante toda la charla...
- ¿Qué es lo que pasa Sara?...
- Lo siento. No estudié demasiado no sabia que había examen, la próxima vez intentare hacerlo mejor...
- No, no me refiero a eso, el examen es lo que menos importa, por supuesto que contará para la nota final, pero lo que quiero que me cuentes es que es lo que te pasa. Hace varias semanas que te comportas de un modo nada propio de ti, dando una imagen de chica dura y rebelde, como si nada te importase... ¿Qué ocurre? ¿Hay alguien que te molesta en clase? ¿Has tenido conflictos con tus padres? ¿Problemas con las drogas tal vez?... Sabes que puedes hablar conmigo. No solo quiero que me veas como tu profesora también quiero que seamos buenas amigas.
- ¿No vas a decirme nada mas sobre el examen? Lo digo por marcharme ya... Lo siento, perdona, no es nada, no me ocurre nada de eso, simplemente estoy pasando por un mal momento.
- No importa. Pero sí, ahora que lo dices, si tengo algo mas que decirte. Si no apruebas el próximo, tendrás que dar clases extras, si te cuelgas ahora no llegaras a fin de curso dejando la asignatura por perdida. Y yo no estoy dispuesta a eso, eres una de las mejores alumnas que tenemos.
- Esta bien. Empezare cuanto antes, no quiero que sea demasiado tarde así que pondré un anuncio en el tablón para buscar a alguien que me de clases particulares.
- Eso ya lo había pensado.
- ¿El que?
- Pues que si tu quieres, me propongo para darte esas clases. Se en lo que estas mas floja, y que es lo que tendríamos que limar. Ganaríamos tiempo y aprenderías mucho mas. Yo tengo las tardes de los martes y jueves libres. ¿Qué me dices?
- Pues que te lo agradezco, pero no se si mis padres aceptaran pagarme un profesor particular, sabiendo que me he descolgado tanto del curso y con lo que a mi me queda guardado no se si me llegara para poder pagarte.
- No importa, no te cobrare. Mira, en vez de ir yo a tu casa, ven tu a la mía. No es necesario que le digas a tus padres que vienes a clase, diles que estas con alguna amiga por ahí, o cualquier cosa, ¿Qué te parece?
Sara no podía cree lo que estaba oyendo. Clases particulares de literatura
y totalmente gratis para no perder la asignatura y además teniendo como profesora a Meri, en su casa, en su pisito de soltera.
- Me parece genial. Muchísimas gracias no sabría como pagártelo...
- No te preocupes, ya me pagaras al final de curso con tu aprobado.
Las dos permanecieron calladas unos segundos, Meri sonrió y Sara le devolvió la sonrisa, una dulce y maravillosa sonrisa que hechizó mas si cabe a la profesora. Meri sonreía mientras miraba por encima del hombro a Sara y esta abandonaba la clase, imaginando lo extraordinario que seria tener a Sara en casa 3 horas dos veces por semana para ella sola. Meri era capaz de dar clases gratis y cualquier otra cosa, con tal de tener cerca a Sara, observar cada uno de sus gestos, mirar atentamente esos enormes ojos, y palpar con su mirada cada rincón de su cuerpo...
Sara llego hasta la puerta, se detuvo apoyando la mano en el marco, giro un poco el cuerpo, se retiró el pelo de la cara y dijo:
- Será todo un placer dar clases extras de literatura cada martes y jueves por la tarde. Hasta el martes Chantal...
Sonrió, agacho la cabeza y salió del aula.
3 de octubre de 2005
Amor en las aulas
“El pasado viernes 20 de mayo, Mary Kay Letourneau, de 43 años, profesora y ex presidiaria, cumpliendo 7 años y medio de condena por violación a un menor y Vili Fualaau, de 22 años, ex alumno de esta y victima de dicha violación. Tras 10 años de polémica relación, han celebrado su enlace en contra de las opiniones y presiones sociales. Ahora son una feliz pareja casada que esperan tener un hijo para ampliar su familia y mostrar con esto el profundo amor que los une.
Capitulo 1
Zapatillas de deporte, vaqueros desgastados y extremadamente ajustados, camiseta negra de tirantes y en sus manos un libro; “Nunca soñé contigo”.
Ese fue el momento en el que Meri comprendió que Sara no era solo su alumna, era el vivo reflejo de su pasión oculta.
La observaba a cada momento. Mientras hacia los ejercicios que ella mandaba y la clase permanecía en silencio, los ojos de Meri solo existían para mirarla a ella. Cuando Sara se levantaba hasta su mesa para preguntar alguna duda, mientras conversaba con las otras chicas de clase, o simplemente cuando leía bajo un nogal común en medio del patio, Meri siempre estaba allí, con la mirada perdida en su cuerpo.
Sara era una adolescente de 17 años, de piel blanca, ojos oscuros y grandes. Sus labios no eran demasiado gruesos, pero afinadamente definidos. Tenia el pelo largo, de un color castaño claro y mechas rubias, piernas largas y atléticas. No era una chica delgada, mas bien de complexión fuerte, caderas anchas y pechos perfectos, o así se lo parecían a Meri.
- ¿Qué lees?
- Pues... una novela.
- “Nunca soñé contigo”. – leyó en voz alta Meri - Si bueno, dudo que ningún chico sueñe con su profesora de Literatura, ¿Verdad? Y mucho menos cuando se le ocurre poner exámenes sorpresa cada cierto tiempo...
- Jejejeje... Si bueno... pero yo no soy ningún chico.
Sara sonrió y se marcho escaleras abajo, donde se había encontrado con Meri.
Meri se quedo parada observando a Sara mientras bajaba las escaleras, no pudo evitar fijarse en su culo, que parecía que bailaba al compás de sus pasos.
Trascurrieron varias semanas desde aquel “casual” encuentro entre profesora y alumna en mitad de las escaleras y cada vez que Meri hablaba con Sara, le venia a la mente su imagen sonriendo mientras decía... Pero yo no soy ningún chico. Meri sabia que detrás de esas palabras y de aquella angelical sonrisa, se escondía un misterio que pronto desvelaría.
Las miradas y las sonrisas cómplices fueron mas continuas tras un papel que Sara encontró dentro de su cuaderno de Literatura, en el que ponía: “TE ADORO. Chantal”.
Sara sabia perfectamente que se trataba de Meri, había muy poca gente que conociera la historia de Chantal, y solo ella podía firmar con ese nombre.
Chantal era una de las protagonistas del libro que varias semanas a tras Sara había leído. “Nunca soñé contigo es la historia de amor entre dos chicas. Lisa cree estar enamorada de Guzmán y tiene celos de Chantal, pero tras el accidente de moto que sufre éste, Lisa se dará cuenta de sus verdaderos sentimientos y descubrirá en Chantal a su compañera del alma. Ambas viven su apasionada relación en secreto”.
Para Sara, Chantal significaba todo lo que deseaba en un amorío y nunca había tenido, vio reflejada en este personaje a su chica ideal, al amor de su vida que nunca tendría, y aquella atractiva profesora de miradas cómplices había firmado como Chantal.
Capitulo 1
Zapatillas de deporte, vaqueros desgastados y extremadamente ajustados, camiseta negra de tirantes y en sus manos un libro; “Nunca soñé contigo”.
Ese fue el momento en el que Meri comprendió que Sara no era solo su alumna, era el vivo reflejo de su pasión oculta.
La observaba a cada momento. Mientras hacia los ejercicios que ella mandaba y la clase permanecía en silencio, los ojos de Meri solo existían para mirarla a ella. Cuando Sara se levantaba hasta su mesa para preguntar alguna duda, mientras conversaba con las otras chicas de clase, o simplemente cuando leía bajo un nogal común en medio del patio, Meri siempre estaba allí, con la mirada perdida en su cuerpo.
Sara era una adolescente de 17 años, de piel blanca, ojos oscuros y grandes. Sus labios no eran demasiado gruesos, pero afinadamente definidos. Tenia el pelo largo, de un color castaño claro y mechas rubias, piernas largas y atléticas. No era una chica delgada, mas bien de complexión fuerte, caderas anchas y pechos perfectos, o así se lo parecían a Meri.
- ¿Qué lees?
- Pues... una novela.
- “Nunca soñé contigo”. – leyó en voz alta Meri - Si bueno, dudo que ningún chico sueñe con su profesora de Literatura, ¿Verdad? Y mucho menos cuando se le ocurre poner exámenes sorpresa cada cierto tiempo...
- Jejejeje... Si bueno... pero yo no soy ningún chico.
Sara sonrió y se marcho escaleras abajo, donde se había encontrado con Meri.
Meri se quedo parada observando a Sara mientras bajaba las escaleras, no pudo evitar fijarse en su culo, que parecía que bailaba al compás de sus pasos.
Trascurrieron varias semanas desde aquel “casual” encuentro entre profesora y alumna en mitad de las escaleras y cada vez que Meri hablaba con Sara, le venia a la mente su imagen sonriendo mientras decía... Pero yo no soy ningún chico. Meri sabia que detrás de esas palabras y de aquella angelical sonrisa, se escondía un misterio que pronto desvelaría.
Las miradas y las sonrisas cómplices fueron mas continuas tras un papel que Sara encontró dentro de su cuaderno de Literatura, en el que ponía: “TE ADORO. Chantal”.
Sara sabia perfectamente que se trataba de Meri, había muy poca gente que conociera la historia de Chantal, y solo ella podía firmar con ese nombre.
Chantal era una de las protagonistas del libro que varias semanas a tras Sara había leído. “Nunca soñé contigo es la historia de amor entre dos chicas. Lisa cree estar enamorada de Guzmán y tiene celos de Chantal, pero tras el accidente de moto que sufre éste, Lisa se dará cuenta de sus verdaderos sentimientos y descubrirá en Chantal a su compañera del alma. Ambas viven su apasionada relación en secreto”.
Para Sara, Chantal significaba todo lo que deseaba en un amorío y nunca había tenido, vio reflejada en este personaje a su chica ideal, al amor de su vida que nunca tendría, y aquella atractiva profesora de miradas cómplices había firmado como Chantal.
1 de octubre de 2005
Deseos de mujer
Deseos de mujer ocultos tras una cortina arco iris.
Deseos inconfesables, por miedo por vergüenza.
Deseos desenfrenados por rozar una tez tan suave como la suya propia.
Deseos por besar unos labios manchados también por carmín, deseos por beber los mismos flujos, flujos de un mismo deseo.
Deseos de comer el dulce regalo de sus senos, deseos de lamer el mas sabroso caramelo escondido entre dos piernas.
Deseos de poseer y ser poseída por unas manos perfectas,
deseos de palpar cada milímetro de piel, de sentir el calor en las yemas de sus dedos...
Deseos de placer, de placer inconfesable...
Deseos de mujer ocultos tras una cortina arco iris.
Deseos del ayer, del hoy, del mañana...
Deseos de melena sedosa y larga,
deseos rubios, morenos, pelirrojos...
Deseos de un cuerpo moteado, de cinturas finas, caderas anchas y redondos pechos.
Deseos de enredarse entre sabanas,
deseos de perderse en portales en medio de la noche.
Deseos de devorar cada beso, de alimentarse de su lengua...
Deseos por besar unos labios manchados también por carmín,
deseos de mujer ocultos tras una cortina arco iris.
Deseos inconfesables, por miedo por vergüenza.
Deseos desenfrenados por rozar una tez tan suave como la suya propia.
Deseos por besar unos labios manchados también por carmín, deseos por beber los mismos flujos, flujos de un mismo deseo.
Deseos de comer el dulce regalo de sus senos, deseos de lamer el mas sabroso caramelo escondido entre dos piernas.
Deseos de poseer y ser poseída por unas manos perfectas,
deseos de palpar cada milímetro de piel, de sentir el calor en las yemas de sus dedos...
Deseos de placer, de placer inconfesable...
Deseos de mujer ocultos tras una cortina arco iris.
Deseos del ayer, del hoy, del mañana...
Deseos de melena sedosa y larga,
deseos rubios, morenos, pelirrojos...
Deseos de un cuerpo moteado, de cinturas finas, caderas anchas y redondos pechos.
Deseos de enredarse entre sabanas,
deseos de perderse en portales en medio de la noche.
Deseos de devorar cada beso, de alimentarse de su lengua...
Deseos por besar unos labios manchados también por carmín,
deseos de mujer ocultos tras una cortina arco iris.
Bésame tonta.

Bésame tonta
Bésame tonta, no tengas ningún miedo.
Bésame bonita que te deseo.
Bésame, que besándome me devuelves la vida.
Bésame preciosa mía, besémonos tumbadas en la cama...
Bésame con ganas, juntemos nuestras lenguas.
Bésame en el cuello, en el pecho, en la cara...Bésame princesa, bésame toda la vida.
30 de septiembre de 2005
¿Cuando?
Te has clavado en mi como flecha envenenada.
Has traspasado mis sentidos, tu, ardiente bala.
Has herido mi orgullo con tu arte de seducción,
Con tus palabras bonitas, y tus momentos de gloria.
Me siento desdichada al desearte, no por no poseerte sino
Por tenerte tan dentro de mi...
Me alimento de tus caricias, de tus besos, de tus infinitas miradas
Y endulzas mi vida con tu tierna sonrisa... maravillosa sonrisa!
Culpable de mi locura, que se acentúa por instantes, por cada soplo en el que invades mi mente, por cada segundo en el que maldigo al mundo por no poder besarte aquí y ahora...
¿Sabes que me encantas, verdad?
Si. Lo sabes bien, tan bien que haces que me encantes mas.
Pequeño cabrón de maravillosa sonrisa, eres el deseo intenso de mi palpitar.
El oscuro deseo de placer que en mi se esconde, la tormenta efímera de una noche de verano que desentierra el calor del suelo avivando mi gozo...
¿Cuándo vendrás a verme? ¿Cuándo le harás una visita a mi mundo?
¿Cuándo aceleraras mi aliento mientras clavas tus ojos en los míos?
¿Cuándo volverás a trasportarme a aquel juego de niños? De dos niños que entre caricias se pierden...
¿Cuándo?
¿Cuándo pequeño cabrón de maravillosa sonrisa?
¿Cuándo?
Has traspasado mis sentidos, tu, ardiente bala.
Has herido mi orgullo con tu arte de seducción,
Con tus palabras bonitas, y tus momentos de gloria.
Me siento desdichada al desearte, no por no poseerte sino
Por tenerte tan dentro de mi...
Me alimento de tus caricias, de tus besos, de tus infinitas miradas
Y endulzas mi vida con tu tierna sonrisa... maravillosa sonrisa!
Culpable de mi locura, que se acentúa por instantes, por cada soplo en el que invades mi mente, por cada segundo en el que maldigo al mundo por no poder besarte aquí y ahora...
¿Sabes que me encantas, verdad?
Si. Lo sabes bien, tan bien que haces que me encantes mas.
Pequeño cabrón de maravillosa sonrisa, eres el deseo intenso de mi palpitar.
El oscuro deseo de placer que en mi se esconde, la tormenta efímera de una noche de verano que desentierra el calor del suelo avivando mi gozo...

¿Cuándo vendrás a verme? ¿Cuándo le harás una visita a mi mundo?
¿Cuándo aceleraras mi aliento mientras clavas tus ojos en los míos?
¿Cuándo volverás a trasportarme a aquel juego de niños? De dos niños que entre caricias se pierden...
¿Cuándo?
¿Cuándo pequeño cabrón de maravillosa sonrisa?
¿Cuándo?
28 de septiembre de 2005
Regodeo

Miradas que se pierden al fondo de una habitación vacía.
Una habitación donde se cruzan nuestros cuerpos, pero donde no se encuentra nuestro ser.
Miradas frías, miradas cálidas, miradas dolidas, incluso miradas rencorosas.
Pero todas ellas, mirandas que se pierden.
Incómodos silencios, se apoderan de las ya pasadas conversaciones llenas de misterios, cargadas de buen sabor, sabor a chocolate y fresa tal vez.
Mutismos que se cortan cuando te acercas hacia mi con cara de querer susurrarme al oído los mil perdones y así aguzar una sonrisa en mi rostro que tanto tiempo permaneció escondida...
Pequeña ilusa!!... me grita mi yo interior cargado de rabia...
Pero me siento tan débil cuando pasas tu mano por mi cara y me regalas un beso en la boca, cargado de mentiras, carente de sentimiento, pero al fin y al cabo un beso que yo esperaba.
Sabes como hacer que me pierda utilizando tu lengua, mientras te empleas con mis pezones endurecidos por un regodeo mas que intenso. Suspiros que se mezclan con un sin fin de caricias en lugares insospechados, lugares que solo tu conoces y manipulas contra mi.
Terminamos fundiéndonos en un mismo cuerpo. Gimiendo en silencio, odiándonos de placer.
Estremezco con cada puñalada dentro de mi. Sintiendo tu deseo, sintiendo tus manos apretando fuerte mis muñecas y embriagándome de un cálido aire sobre mi cuello provocado por tus sollozos.
Una vez mas espero a que te vayas sin decir nada, sin pronunciar esas palabras que antes me parecían tan tiernas y conmovedoras, y que ahora resultarían la medicina perfecta para esta enfermedad que tu has creado en mi. Palabras que aliviarían mi rabia y mi odio.
Pero tu, tuviste que hacerlo después de morder de esa pasmosa forma mi oreja, y confesarme entre jadeos...
Te odio, te odio!!
Te odio por no haber aparecido antes!
Te odio por haber aparecido!
Te odio por querer follar conmigo!
Te odio por ser como eres!
Te odio porque me odio a mi!
Te odio porque solo pienso en follarte!
Te odio pequeña princesa, por ser como eres. Por ser esa princesa de verdad, de las que notan una mota de polvo que se oculta en sus zapatos nuevos.
Te odio por proporcionarme esas miradas frías que consiguen ponerme tan caliente. Te odio por esos silencios incómodos que tu creas, acusándome a mi de toda culpa.
Te odio por ser tan perfectamente imperfecta y por querer matarme de placer y conseguirlo...
Entonces, te muerdes los labios, apresas fuerte los dientes y callas. Convirtiendo los silencios incómodos en pausas para recuperar el aliento.
Y es cuando tu caes exhausto encima mía, los dos jadeamos, yo sonrío mientras miro el pálido techo y me invado de una tranquilidad brutal.
Una habitación donde se cruzan nuestros cuerpos, pero donde no se encuentra nuestro ser.
Miradas frías, miradas cálidas, miradas dolidas, incluso miradas rencorosas.
Pero todas ellas, mirandas que se pierden.
Incómodos silencios, se apoderan de las ya pasadas conversaciones llenas de misterios, cargadas de buen sabor, sabor a chocolate y fresa tal vez.
Mutismos que se cortan cuando te acercas hacia mi con cara de querer susurrarme al oído los mil perdones y así aguzar una sonrisa en mi rostro que tanto tiempo permaneció escondida...
Pequeña ilusa!!... me grita mi yo interior cargado de rabia...
Pero me siento tan débil cuando pasas tu mano por mi cara y me regalas un beso en la boca, cargado de mentiras, carente de sentimiento, pero al fin y al cabo un beso que yo esperaba.
Sabes como hacer que me pierda utilizando tu lengua, mientras te empleas con mis pezones endurecidos por un regodeo mas que intenso. Suspiros que se mezclan con un sin fin de caricias en lugares insospechados, lugares que solo tu conoces y manipulas contra mi.
Terminamos fundiéndonos en un mismo cuerpo. Gimiendo en silencio, odiándonos de placer.
Estremezco con cada puñalada dentro de mi. Sintiendo tu deseo, sintiendo tus manos apretando fuerte mis muñecas y embriagándome de un cálido aire sobre mi cuello provocado por tus sollozos.
Una vez mas espero a que te vayas sin decir nada, sin pronunciar esas palabras que antes me parecían tan tiernas y conmovedoras, y que ahora resultarían la medicina perfecta para esta enfermedad que tu has creado en mi. Palabras que aliviarían mi rabia y mi odio.
Pero tu, tuviste que hacerlo después de morder de esa pasmosa forma mi oreja, y confesarme entre jadeos...
Te odio, te odio!!
Te odio por no haber aparecido antes!
Te odio por haber aparecido!
Te odio por querer follar conmigo!
Te odio por ser como eres!
Te odio porque me odio a mi!
Te odio porque solo pienso en follarte!
Te odio pequeña princesa, por ser como eres. Por ser esa princesa de verdad, de las que notan una mota de polvo que se oculta en sus zapatos nuevos.
Te odio por proporcionarme esas miradas frías que consiguen ponerme tan caliente. Te odio por esos silencios incómodos que tu creas, acusándome a mi de toda culpa.
Te odio por ser tan perfectamente imperfecta y por querer matarme de placer y conseguirlo...
Entonces, te muerdes los labios, apresas fuerte los dientes y callas. Convirtiendo los silencios incómodos en pausas para recuperar el aliento.
Y es cuando tu caes exhausto encima mía, los dos jadeamos, yo sonrío mientras miro el pálido techo y me invado de una tranquilidad brutal.
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