19 de junio de 2013

Rodrigo y el manzano.


-¿Si abuela?

-Abre la ventana.

-No abuelita, hace demasiado frió, podrías enfermar. 

-¿Ves aquel manzano del patio?

-Sí. Lo veo. Que yo recuerde siempre ha estado ahí.

-Y a caso, Rodrigo, las frutas cuando maduran demasiado en el árbol, sin haber sido recogidas por nadie, cansadas por la espera y por el esfuerzo de mantenerse firmes en la rama, con la esperanza de que su orbitado letargo pueda morir al fin en una caricia, ¿Cesa? es curioso, pues no expira ni cesa, sino que  más fuerte. Y en un último aliento de sellados ojos, se dejan vencer por el vació, abrazando la gravedad y cayendo en la tierra para allí seguir madurando hasta su putrefacción, con la certeza de que pronto llegará su muerte y formarán así parte del barro, humus de sustento que alimentará a otras frutas tempraneras… A caso, pequeño hombrecito…¿Les importan a esas frutas enfermar un poco más allá en el fango?

Ha ultimado mi esperanza de ser espigada por la vida, y tal vez, aquel manzano, aquel  paisaje tras la ventana, sea hoy mi última caricia.



 Tras el suspiro, Rodrigo, abrió la ventana.

No hay comentarios: